Casos

“SU ALEGRÍA NO SE HA OPACADO”

Alejandra se ve pensativa, un rompecabezas ocupa toda su atención mientras espera una consulta de rutina en la clínica de la Fundación Inocencia, del Hospital de Niños Benjamín Bloom.

Nombre: Alejandra Edad: 11 años Escolaridad: 5º grado. Viviendo con VIH: 11 años.

Sus manos delgadas juegan con su pelo largo, la expresión de sus ojos grandes y claros denotan alegría cuando poco a poco le da forma a aquella imagen.

“Ale” tiene 11 años de edad y doña Bárbara, su abuela, la describe como una niña juguetona, alegre y risueña. Aunque también reconoce que a veces es un poco desobediente.

No es la mejor de su clase en una escuela pública de Soyapango. Las notas finales del cuarto grado, que acaba de finalizar, no la hicieron merecedora de algún lugar de honor. Pero sí le dedica mucho tiempo a las tareas para no reprobar ninguna materia.

Su abuelita la acompaña a todas las consultas, pese a los dolores que siente en su pierna izquierda debido a una caída que sufrió hace años.

La muerte de su hija Cristina, que en ese entonces tenía 22 años y trabajaba junto con ella en una empresa empacadora, la embargó de tristeza. El VIH se la arrebató.

“Ale” quedó huérfana a los tres años y medio. Del hombre que la engendró no volvieron a saber nada desde que abandonó a Cristina cuando aún estaba embarazada. Se desconoce si murió debido a la enfermedad.

Los sueños de su indefensa nieta empezaron a ser perturbados por fuertes calenturas. Un examen confirmó lo que ya se temía, también era portadora del virus. Esta condición no la hecho diferente a los demás niños.

Alejandra sabe que está enferma, pero ignora toda la verdad. Con puntualidad y sin faltar ni una vez llega a las consultas o a traer sus medicinas junto con su abuela se toma a diario el medicamento recetado sin explicarse del por qué de tantas pastillas.

Gracias a la terapia, la vida le está dando una nueva oportunidad a “Ale”, que pretende aprovecharla muy bien, ya que cuando sea mayor asegura que será una excelente profesora.

“NO ESPERÉ UNA INFIDELIDAD”

Amable, sonriente, responsable y con muy buen humor, así es Blanca, de 32 años.

Nombre: Blanca Edad: 32 años Escolaridad: Noveno grado Viviendo con VIH: 10 años

El brillo de sus ojos no revela ninguna amarga experiencia. Pero empieza a titubear cuando recuerda que fue víctima de violación a los 17 y que hizo frente a un embarazo no deseado.

Un suspiro deja atrás ese relato e inicia otro. Se remonta a 1999, cuando tenía 22 años, ahí conoció al hombre que logró llenar el vacío de aquella amarga experiencia.

Un poco más de ocho meses fueron suficientes para que Blanca le confiara su vida y la de su pequeño hijo.

Ella soñaba con pasar toda una vida al lado del hombre que había escogido.

La historia cambió de forma drástica en muy poco tiempo, tenía dos meses de embarazo cuando sufrió una amenaza de aborto, motivo que la empujó a iniciar un control prenatal, pero fue en el hospital capitalino donde se le diagnosticó VIH.

Las enfermeras del nosocomio se encargaron de contarle el trágico final de su vida: la muerte.

Pero las alentadoras palabras del médico de turno le dieron esperanzas para proteger a su bebé. El pasado 18 de marzo aquel niño cumplió 10 años.

La fama de mujeriego, la infidelidad y la falta de protección de su esposo cosecharon los desafortunados frutos.

Con resignación rememora las palabras de aquel hombre que le falló, pero a quien por el amor que le tenía perdonó.

“Me abrazaba y a cada momento me decía: hija, te jodí la vida”, recuerda. El 12 de noviembre del 2001 su esposo murió a causa de una neumonía.

Gracias a la ayuda de organismos en pro de personas infectadas con el virus y la oportuna terapia antirretroviral hoy Blanca puede contar su historia.

Recuerda lo maravilloso que es tener a sus dos hijos, un compañero de vida que la acepta tal como es y la fortuna de sobrevivir a una enfermedad que jamás buscó ni se imaginó que le llegaría, pero que tocó a la puerta de su casa para entrar como un huésped invisible.

“ES UNA NUEVA OPORTUNIDAD”

Rosa es el prototipo de una mujer salvadoreña, piel morena, de baja estatura, delgada, pero además con una sonrisa y alegría que transmiten confianza.

Nombre: "Rosa" Edad: 32 años Profesión: Ex trabajadora sexual Escolaridad: Noveno grado viviendo con VIH: 14 años

Una familia desintegrada, la falta de consejos, la difícil situación económica, una niña de dos años en brazos y el abandono de su pareja terminaron por derrumbar sus sueños de ser una profesional o una ejemplar ama de casa y esposa.

Al no tener dinero encontró otra forma de obtener ingresos económicos rápidos. “Varias de mis parejas me daban dinero, quizás fue una manera de prostituirme”, dice convencida.

En 1995 decidió viajar a Guatemala, gracias a la tentadora propuesta de una amiga de llevarla a ganar más dinero. Al llegar allá supo que la prostitución sería su fuente de ingresos.

Tres años después regresa al país para empezar una nueva etapa de su vida, lejos de la prostitución y de los maltratos de la mayoría de sus clientes y de algunos de compañeros de vida.

La cigüeña volvió a tocar la puerta y en 1999 dio a luz a un varón, producto de una efímera relación amorosa. Aún no le daban de alta cuando la sonora voz de una enfermera informaba a sus colegas que en la sala había una mujer con sida.

“Me señalaron a mí, en ese momento pensé en mi bebé”, recuerda. Después de unos segundos de silencio agrega “me infecté con el padre de mi primera hija”.

Pese a ser trabajadora sexual, la infidelidad de quien fue su pareja en 1993 le cambió la vida.

“No somos los focos de infección, tenemos más ventajas que una ama de casa, porque estamos en control, recibimos charlas de educación sexual y podemos negociar el uso del condón con los hombres”, aclara.

Hoy una ONG le permite impartir charlas a quienes todavía no encuentran otra forma de ganarse la vida. Y por las noches trata de ser una excelente madre y amiga de sus hijos.

“EL VIRUS JAMÁS ME LIMITÓ”

Nombre: Otoniel Ramírez Edad: 41 años Profesión: Secretario Regional de la Red Centroamericana. Escolaridad: Estudiante universitario de Sicología. Viviendo con VIH: 11 años.

Está sentado detrás de un escritorio y frente a su computadora. Tiene 41 años, es de piel morena, ojos grandes y pestañas largas. Otoniel está leyendo varios documentos como parte del trabajo que realiza en la Red Centroamericana de personas con VIH-sida (Redca).

Ese rol y esa imagen seria dista mucho con lo que deseaba ser cuando era pequeño: un excelente doctor para devolver la salud y salvar la vida de muchas personas.

La seriedad que amerita hoy su cargo desaparece por un momento y con una pequeña sonrisa recuerda entusiasta cuando hace más de una década cursaba su cuarto año de medicina en una universidad capitalina, listo para iniciar sus prácticas en el Hospital Rosales.

Era 1998, un año de tristeza y frustración para él cuando se enteró de que la pareja con la que convivió siete años lo infectó de VIH.

Todavía rememora las palabras de una trabajadora social cuando le entregó el diagnóstico de la prueba que se realizó dos meses después de haber muerto su pareja debido al sida.

“Con usted sólo Dios, de ahora en adelante no debe tener sexualidad y será mejor que se acerque a las cosas buenas”, le aconsejó la trabajadora social.

Esta experiencia cambió todos sus pensamientos y prioridades en la vida. Desde entonces se involucró en una asociación que lucha por los derechos humanos de quienes tienen el virus. Y en el 2005 fue elegido como secretario de la Red Centroamericana de Personas con VIH-sida (Redca) en el país.

“Soy VIH positivo”, dice cuando se lo preguntan. Ahora desde su puesto en la Redca exhorta a que la información, la comunicación y la prevención sean los ejes fundamentales para evitar la infección.

No se graduó como médico, pero sí espera hacerlo como sicólogo. En el 2005 reanudó sus estudios para ayudar a través de la salud mental a aquellos que no logran superar y aceptar su condición.

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